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Las dolorosas lecciones que nos brinda Nepal

 

El manejo del posconflicto y el terremoto en el país asiático son un espejo para Colombia. Análisis.


De memoria recuerdo haber definido a Nepal como un hermoso faldón de los Himalayas, donde casi treinta millones de personas bordan el encaje de esa prenda natural cuya cintura se pierde entre los cielos. Ese prodigioso encaje está hoy rasgado y maltratado por un terremoto devastador y los nepaleses de toda condición vuelven poco a poco a lo de siempre, trabajar y orar para dar cuerda al reloj de la eternidad y la esperanza.

Los hinduistas rezan para que sea posible la reconstrucción y en las calles vuelve a escucharse el mantra de las seis sílabas,“blanco diamante hermoso sobre una flor de loto”, Om mani pad me hum, la jaculatoria que los budistas deben repetir más de dos mil veces por día, por doquier y en todas las horas.

La religión domina la vida social y los templos son concentraciones humanas y de ofrendas, que ponen a prueba nuestros sentidos para percibir olores de especias, sebos ardientes y derrames de mostaza, mientras los aires se llenan de rombos multicolores por el entrecruce de cordeles cargados de banderines.

La historia moderna de Nepal nos dejará comprender cómo la tragedia natural ha venido acompañada en su gestación y en su doloroso desenlace por una tragedia mayor, la del poder mal habido, la del poder mal usado, la de la decrepitud autocrática, la de la valentía revolucionaria seguida por la ignorancia en el arte de gobernar, la paradojal historia de aquellos que se hacen con el poder sin saber a ciencia cierta a dónde quieren llevar a sus pueblos, cuál es el ideal político susceptible de materializarse una vez termina el carnaval de sangre y fuego.

La historia moderna de Nepal está atravesada por los magnicidios y por la violencia. La última dinastía que gobernó el país fue la llamada Rana, que llegó al poder en 1846. Una autocracia apoyada en testaferros y primeros ministros hereditarios.

Hacia 1951, a la grupa de las ideas anticoloniales que acompañaron la independencia de India, los líderes jóvenes formados en universidades indias, muchos de ellos perseguidos, pugnaron por el cambio del sistema político.

Esto vino a tomar forma en 1959, cuando el rey Mahendra emitió una nueva Constitución y se llevaron a cabo las primeras elecciones democráticas para una Asamblea Nacional, en las cuales triunfó el partido del Congreso Nepalí.

Un año y medio más tarde, el propio rey declaró el “fracaso del gobierno democrático” e instaló, a través de una nueva Constitución, promulgada en 1962, un sistema de consejos locales, los llamados panchayat, que terminaron, manipulados por el monarca, reforzando el modelo vertical y de castas.

Sucedió a Mahendra su hijo Birendra, que introdujo algunas reformas insuficientes, especialmente frente a las aspiraciones campesinas sobre la propiedad de la tierra y la gestión de los territorios.

La represión se extendió y la declinación del sistema monárquico se vio confrontada por la guerrilla maoísta, que declaró la guerra popular en 1996.

La decrepitud de la monarquía alcanzó la cima de su crisis cuando, en el 2001, el príncipe heredero Dipendra asesinó a once miembros de la familia real, incluidos sus padres, antes de suicidarse.

Heredó el trono su tío, el príncipe Gyanendra. Mientras la monarquía vivía sus últimas divisiones y disputas, y los partidos con tradición democrática se fraccionaban y debatían sobre lo secundario, la guerrilla se hacía más fuerte.
El rey asumió el poder total en el 2005, y en el 2006 los maoístas ordenaron la insurrección y la toma del palacio, que fue violentamente reprimida. En medio de la crisis hubo ceses de fuego unilaterales y movimientos tácticos tanto del Estado fragmentado y polarizado como de la insurgencia con fracciones en su interior.

El rey manifestó en abril de ese año su deseo de “devolver el poder al pueblo”, restableció el Parlamento, retiró las órdenes de captura internacionales, y se firmó la paz.

En diciembre del 2007, el Parlamento decidió la abolición de la monarquía, reformó la Constitución y cerca de ocho mil maoístas fueron integrados al ejército.

La República se proclamó por la Asamblea Constituyente en mayo del 2008. El líder maoísta Prachanda se posesionó como Primer Ministro el 15 de agosto del 2008 y el primero de noviembre abolió el sistema de castas. La guerrilla, hasta el presente, no ha entregado totalmente las armas, aunque dijo no usarlas; puso buena porción de ellas bajo custodia de la ONU y se convirtió en una fuerza electoral decisiva.

Tuve la oportunidad de conocer a Prachanda en el 2009 y de hablar con él, tanto en Katmandú como en Delhi. Cuando le comenté que había sido miembro de la Juventud Patriótica de Colombia, organización maoísta que lideró el movimiento estudiantil de 1971 en nuestro país, se emocionó vivamente.

Entonces le pregunté cómo pensaba aplicar las tesis de la “nueva democracia” formuladas por Mao en defensa del capital nacional en sus escritos, y le obsequié alguno de mis trabajos en defensa de las pymes. Llamó a dos de los ministros, con quienes discutimos casi dos horas.

Reconoció las limitaciones de sus cuadros para el manejo del Estado y las dudas, aún vigentes, sobre el sistema político por adoptar y sobre la estrategia para conciliar la economía de mercado con un orden económico incluyente, que pudiera ser aceptado por el fundamentalismo de sus compañeros.

Quiso explicarme el debate entre federalistas y centralistas, que se escenificaba en las discusiones sobre la Constitución que se iba a promulgar y me habló de los problemas para lograr la unidad nacional.

Las enseñanzas

La tragedia política de Nepal ha completado casi una década. La revolución derrocó a la monarquía y, hasta allí, fue un movimiento reconocido por amplios sectores de la sociedad. El problema fue la victoria. Nunca fue tan válida la frase de Darío Echandía, aquella de “el poder para qué”.

Proclamada la República, la Asamblea Constituyente debía promulgar una nueva Constitución en un término dado. No logró el acuerdo fundamental y le fueron otorgadas prórrogas sucesivas sin que pudiera alcanzar su cometido.
Cada vez que se estaba cerca del acuerdo, monarquistas nostálgicos intentaron socavarlo, pero sobre todo los maoístas, armados y desarmados, mostraron una y otra vez algunos de sus fusiles en el teatro al aire libre Khula Manch para llenar de temor a la población e impedir la promulgación.

Los jefes de los grupos armados supieron marginarse de los esfuerzos para construir consensos como el llamado Frente Madhesi del 2011, impulsado por el primer ministro Bhattarai. Ante los fracasos, la Asamblea fue disuelta en el 2012 y en las elecciones del 2013 para una nueva asamblea venció el Partido del Congreso, que ahora lidera una coalición de gobierno bajo el mando del veterano Sushil Koirala.

Se fijó como fecha para la instalación de la nueva asamblea el 20 de enero del presente año. Y en estas vino el terremoto, una tragedia anunciada en una nación anarquizada, empobrecida y sin rumbo.

¿Puede enfrentar una catástrofe una sociedad en tales circunstancias? ¿Tiene la capacidad mínima para atender las advertencias de la comunidad científica? Los sismólogos sabían lo que iba a ocurrir. A lo largo de 2.900 kilómetros, las placas tectónicas de Eurasia e India han estado en fuerte fricción y presionan hacia arriba los Himalayas, lo que da lugar a movimientos que los modernos sensores tasan entre uno y dos y medio centímetros por año.

Una semana antes del desastre hubo reuniones de científicos en Katmandú para idear un plan de emergencia, ante la inminencia de un sismo de gran magnitud. Lo que habría tenido que hacerse durante la última década era generalizar la construcción antisísmica en las nuevas edificaciones, reforzar estructuras y reubicar poblaciones.

La pobreza y la anarquía conspiran contra ese tipo de decisiones. Y en presencia del desastre, la incapacidad institucional es manifiesta. El sistema de salud es inferior a los requerimientos, hay prevenciones frente a los organismos internacionales y la comunidad internacional también ha sucumbido a las propuestas de corto plazo.
Nepal es una octava parte del territorio de Colombia, tiene un PIB casi 20 veces menor al de nuestro país y un poco más del 60 % de nuestra población. Las realidades no son comparables, ni la evolución de los procesos políticos.

Son importantes las lecciones que nos brinda Nepal, la nación con el peor manejo imaginable para el posconflicto, comenzando por problemas no resueltos en el acuerdo de paz: la dejación total de armas, la garantía de no repetición, el escuchar al campesinado y en la mesa a la guerrilla respecto a los problemas agrarios; la fijación estricta de plazos y las pautas de justicia y reparación, así como claridad acerca de que en los diálogos para la suscripción de un acuerdo de paz, para el caso de Colombia, por realizarse con una fuerza insurgente no victoriosa ni con capacidad real de hacerse con el poder, no se negocia el sistema político, ni el orden económico.

Nepal nos enseña que el posconflicto necesita gerencia estratégica y apoyo técnico-científico. Para que la nación asuma el posconflicto como una tarea histórica de toda la sociedad, al lado de la atención humanitaria, de la presencia del Estado en las zonas abandonadas durante decenios, es indispensable concebir de manera nueva el uso de los recursos y conocer lo que la nación tiene en su suelo y en su subsuelo, proyectando la superación de los conflictos entre vocación, aptitud y uso del territorio, levantando un mapa geológico realista, dinamizando el catastro para poder instrumentar una tributación local distributiva, que compense las cargas sociales y genere los recursos para atender el desplazamiento.

Nepal es único, como su bandera, la única de un país que no es un cuadrilátero. No hay lugar a comparaciones, pero sí a aprender de tan duras tragedias que claman por una solidaridad activa de la comunidad internacional, para atender a las víctimas de la guerra y del sismo, estimadas en más de un millón de personas.

Hace unos tres años, viajaba de Katmandú hacia Bután para hacer oficial el establecimiento de las relaciones entre Colombia y esa, la democracia más joven del mundo. Era una hermosa mañana. El capitán tomó el micrófono y dijo: “Es un privilegio, van a tener la suerte de constatar que estamos en el país de los ochomiles. Vamos a ver con nitidez ocho de los diez picos más altos del mundo, incluido el Everest”.

Una experiencia fascinante. Como lo es la fortaleza del pueblo nepalés, que podría, ante esta dura prueba, recuperar su unidad, alcanzar la convergencia política y aclarar el prospecto de su nación.
Oremos por Nepal y pidamos al Gobierno de Colombia que lidere a la comunidad latinoamericana en un esfuerzo por brindar una solidaridad técnica, activa y eficaz.

JUAN ALFREDO PINTO
Especial para EL TIEMPO
Exembajador en India y Nepal. Presidente de la Corporación para la Investigación Socioeconómica y Tecnológica. Escritor.

Fuente: El Tiempo, 13 de mayo de 2015